Fotografías y texto por Erin Lee
México hoy en día está enfrentado a muchos problemas: inseguridad, falta de trabajo bien remunerado, escasez o exceso de agua, contaminación, corrupción, violencia e impunidad, entre otros. Pero hay otras cuestiones más profundas y menos mensurables acechando desde dentro a la sociedad mexicana.
Es común y comprensible que los mexicanos no se fíen de sus instituciones, de sus líderes o, incluso, que no se fíen de ellos mismos. Por no hablar del nivel de escepticismo hacia la policía, el más alto de América Latina. Más de la mitad de la población reconoce que si fuera víctima de un crimen no tomaría ninguna represalia por la vía legal, ya que piensa que no obtendría ningún resultado positivo. Debido a estos niveles de desconfianza es probable que muchos ciudadanos no se molesten en votar en las elecciones nacionales y estén dispuestos a cambiar su voto por un beneficio económico inmediato en lugar de contribuir al cambio de su propio futuro. Estos hechos han ayudado a crear una situación muy preocupante en la que la gente ha perdido la fe en el de al lado: la desconfianza que existe dentro de la sociedad mexicana permea todos los niveles de la sociedad.
Los mexicanos son gente muy generosa y hospitalaria, pero hay cierta tendencia, en algunos sectores de la población (derivada de una represión que viene de atrás) a no exteriorizar esas cualidades naturales. Lejos están los días en que sólo la palabra era una garantía. El efecto general es que cada vez hay más gente que tiene poca consideración por las consecuencias de sus acciones, ya que prevalece la impunidad. En tal ambiente, la religión también parece estar perdiendo fieles, la sociedad parece recurrir sólo a credos que puedan satisfacer sus demandas.
Un culto relativamente nuevo es el de la Santa Muerte, una santa honrada por millones de devotos en México y conocida como la veladora de los delincuentes, los parias y de cualquier persona que siente que está por encima de la sociedad. La Santa Muerte representa la protección, la justicia y, lo más importante, un camino seguro entre la vida y la muerte.
Las culturas hispanas siempre han honrado y adorado a la muerte. Sin embargo, el culto de la Santa Muerte apareció por primera vez en el estado de Hidalgo (México) en 1965. Desde ese momento. la veneración por esta imagen ha estado estrechamente asociada con la violencia, el crimen, la prostitución y el narcotráfico. Muchos de sus devotos son contrabandistas, pandilleros, narcos, ladrones y prostitutas, pero también hay fieles en el otro lado de la ley, como policías o militares, personas que sienten una necesidad de protección. Una característica común a todos los seguidores es que no son particularmente religiosos, pero tampoco son ateos. Por eso crean sus propios códigos e iconos religiosos para nutrir su existencia, su identidad y sus prácticas espirituales. Desde que nació el culto a la Santa Muerte muchos se han refugiado en que ella es una deidad funcional, que les permite continuar con sus actividades violentas y ser perdonados.
La Santa Muerte es popular por la concesión de favores, independientemente de la inclinación moral del fiel aunque, por cada favor, es menester una ofrenda. Hay siete comunes: las flores, las manzanas, los cigarrillos, el agua, el alcohol, el dinero y las velas. Los regalos que se le dan tienen que ser proporcionales al favor pedido. También tiene siete vestidos de colores diferentes en función de la solicitud del fervoroso: dorado para el éxito económico, plateado para la paz dentro del hogar y del trabajo, rojo para el amor y la pasión, blanco para la purificación, verde para la justicia, amarillo para la salud y la rehabilitación y negro para la protección. Una bata la cubre desde los pies a cabeza y tiene un significado simple pero profundo: representa la forma en que las personas cubrimos nuestra verdadera apariencia. Así como la tela cubre el esqueleto, nosotros escondemos lo que somos dentro de nuestra propia carne e intentamos ocultar por todos los medios. Una prueba más de que la creencia de la gente es no confiar en nadie.
Los adornos que porta la figura también son siete, cada uno con su representación: la guadaña como instrumento para cortar las energías negativas y las malas influencias, el globo terráqueo como el poder, las escaleras como la igualdad y la imparcialidad con la que va a juzgar los actos de cada uno, el halo le da la capacidad de realizar milagros, el búho es la sabiduría y su mensajero, el reloj de arena nos recuerda que nuestro tiempo en la tierra no es infinito y la lámpara es la que proporciona la luz con la que la Santa Muerte puede guiarnos.
El número de seguidores de la Santa Muerte ha crecido exponencialmente en los últimos diez años. Se estima que hay alrededor de seis millones de fieles sólo en México, la mayoría con edades entre la adolescencia y la treintena. Están localizados, sobre todo, en zonas en las que la economía es débil, donde el culto se acrecentó debido a la decepción del pueblo por la iglesia católica, cansado del dominio e incapacidad de ésta para rescatarlos de la pobreza. Por su parte, la iglesia católica condena el seguimiento a la Santa Muerte por ser una combinación de creencias católicas con el cultismo y tacha a los devotos de blasfemos que practican el satanismo, afirmando que la santa se utiliza para engañar a la gente desesperada.
Pero si la gente está desesperada ¿En quién puede confiar? ¿Qué será de la mentalidad de la sociedad mexicana si los jóvenes continuarán siguiendo un culto que no pone ningún orden sobre ellos, sólo una compensación por lo que se le pide?, ¿Por qué van a juzgar ellos mismos sus acciones? Si una creencia que perdona la ilegalidad continúa prosperando ¿Cómo hará la sociedad mexicana para superar su desconfianza?










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