Por John López
Navegamos por aguas bravas, sí, pero embozados en seguros botes dotados de todo tipo de equipamiento en los que, poniendo de nuestra parte, llegaremos a tierra firme (queremos pensar). No obstante, la sensación de que un súbito golpe de mar nos va a arrancar de nuestra climatizada embarcación en cualquier momento no nos la quita nadie, por eso nos desbaratamos a diario recolectando bienes materiales que aseguren el paseo, la glotonería hedonista y sobre todo, el atraque en ese utópico puerto, de poco más nos preocupamos.

Detrás de las siglas BNE solía haber un tipo obcecado en sí mismo, en el autobombo, en colonizar confines del mundo con la tinta de su rotulador o con las tres iniciales impresas en pegatinas a blanco y negro, siempre más lejos, siempre más alto que ningún otro en el deporte sin reglas del bombardeo urbano, el egotrip en su forma más gráfica y guerrera.
Un día, en una experiencia transoceánica, al neoyorquino le dio por asomarse y contemplar lo que había al otro lado de la barandilla, así conoció la realidad de millones de personas que viven con la misma ilusión de alcanzar la costa pero, a diferencia suya (y nuestra), no flotan dentro de un confortable velero sino agarrados a un débil tronco. La visión fue impactante, la justa para hacerle cambiar de rumbo. Entonces, haciendo uso de la popularidad conseguida tras quince años de omnipresencia en las calles, procurando dolores de cabeza a más de un alcalde, lanzó una bengala al cielo poniendo en marcha BNE Water Foundation, una organización creada con la misión de implantar los mecanismos necesarios de purificación y suministro de agua en poblaciones desprovistas de ella y, en consecuencia natural, alargar y mejorar la vida de los habitantes de esas comunidades, en especial de los miembros de menor edad.

La manera en que BNE Water transforma propósitos en realidad se consigue mediante tres vías:
1- Con la venta de obras exclusivas firmadas por escritores de graffiti y artistas urbanos tan reconocidos como Cope 2, HAZE, Estevan Oriol, Logan Hicks o Shepard Fairey y donadas a la fundación por ellos mismos.
2 – A través de una tienda on line en la que se pueden encontrar productos con el sello BNE, desde serigrafías a camisetas y tablas de skate.
Una iniciativa reciente en esta sección es la adición de camisetas recicladas con el logo BNE estampado sobre el gráfico original de la prenda, de momento solo disponibles en Estados Unidos vía Twitter o Instagram.
3 – Gracias a las donaciones de personas anónimas en todo el mundo.

Una vez finalizada la tarea completa de saneamiento de una zona, BNE y sus colaboradores desmontan campamento y emprenden viaje hacia otras coordenadas, donde un pueblo con similares rasgos de empobrecimiento necesite del preciado bien (sí, el agua potable en muchos sitios es como el caviar, igual ni lo pruebas en tu vida). La empresa para esta primavera/verano, a la que están yendo a parar los fondos recogidos estos días, se encuentra en Uganda, en el poblado de Mulajje, donde ya se trabaja en la instalación de una bomba de agua.

Con un episodio fresco aún en la memoria (y en el historial de nuestras reproducciones de You Tube) como el protagonizado por la organización Invisible Children (Chicos Invisibles) y su campaña viral anti Joseph Kony, que acabó puesta en entredicho (o directamente desenmascarada) por varios sectores informativos, se convierte en una cuestión de confianza individual dar un voto de apoyo a BNE, más si sumamos el clima de austeridad bajo el que supuestamente nos movemos estos días. Para empezar, obviando que algunos artistas con ganada reputación dentro la cultura street han secundado el proyecto, podemos darle una leída a la llamada a la acción del fundador y sacar conclusiones. Luego, si nos convence, donar unos pavos o comprarnos una camiseta, que al menos, vaya donde vaya a parar nuestro dinero (total, eso un viernes a las 5 a.m cuando nos hemos pimplado lo mismo o más en una barra poco nos preocupa) habremos sacado pecho durante el verano, y con la conciencia altruista por las nubes, que se mola el doble.

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