Por Carmen López

A no ser que seas una de esas personas que viven cómodas en el minimalismo de paredes blancas y muebles importados del futuro, seguramente en los muros de tu casa tengas colgadas imágenes. Fotografías de las vacaciones, esa tira de 4 fotos del fotomatón con gestos que cambian en cada una de ellas, un cartel de esa película que viste con él, un póster de un bebé con gafas de sol vestido de rapero, una lámina que reproduce un cuadro reconocido como obra de arte.
Muchas de esas imágenes serán paisajes, pasiones, recuerdos de un instante que fue feliz, instantáneas que funcionan como ventanas al exterior. No un “afuera” literal, claro, porque esas imágenes colgadas no se pueden traspasar pero si un exterior mental, una vía de escape a través de la imaginación y los recuerdos que nos permiten trasladarnos a un lugar confortable aunque intangible porque a nadie le gusta sentirse encerrado, por muy acogedor que sea el continente.

Así que si un país contiguo pero enfrentado decide construir un muro de más de 700 kilómetros y de 50 a 70 metros de ancho, compuesto por una valla con sensores electrónicos, una zanja de hasta 4 metros de profundidad y una carretera lateral con dos carriles para patrullas puede que como poco te gustase ver algún mensaje esperanzador. El ya derribado muro de Berlín fue un claro ejemplo de la utilización de las murallas como tablón de mensajes y aún hoy se pueden ver muestras de ello en las partes del muro que se conservaron en un inútil intento de usar la memoria como arma contra la repetición de errores.
El primero en llegar dispuesto a darle un poco de vida –paradójicamente- al muro de Cisjordania fue, como no podía ser de otra manera, Bansky el artista reconocido internacionalmente y aparentemente poseedor del don de la ubicuidad. Fue en el año 2005 y su stencil de la niña elevándose por encima del muro con un ramo de globos en la mano ha dado la vuelta al mundo mil veces y se ha convertido en un símbolo del rechazo a la mastodóntica valla. Aquella niña trajo consigo otros amigos que plasmados en el muro abrían ventanas a paraísos terrenales, en una especie de reinterpretación de aquel “bajo el asfalto está la playa” del mayo francés.

Pero no solo Bansky, aunque sea su nombre el que más suene, ha sido el único en hacer que las paredes del muro de la vergüenza hablen. Otro de los que decidió coger el petate fue JR, que hizo a ambas partes del muro enfrentarse a su realidad opuesta: fotografías de palestinos e israelíes a tamaño gigante pegadas en las paredes de la barrera física que les separa. Más que las diferencias, los retratos de JR ponen en evidencia los puntos en común que tenemos todos los seres humanos. Y es que por muy altos que sean los muros ideológicos que nos separan, todos estamos hechos de un amasijo de sangre, huesos y órganos, vivamos a un lado u al otro.

A estos dos ejemplos se les unen los proyectos de Blu, Ron English o Fail, que también quisieron llamar la atención sobre el problema con su arte en los muros del West Bank y mostrar que hasta la más represora de las paredes puede llegar a hablar.
Nota: Las fotografías que ilustran este texto pertenecen a: Concrete Messages: Street Art on the Israeli-Palestinian Separation Barrier y Against the Wall: The Art of Resistance in Palestine de William Parry.

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