Por Carmen López
Hay una delgada línea que separa la realidad de la ficción, la persona del personaje. Tan delgada que a veces no nos damos cuenta ni de cuándo la cruzamos. Cuando iba a la Universidad en mi grupo de amigos teníamos una broma privada que hacía referencia a esta dicotomía realidad/ficción: nos llamábamos a nosotros mismos “los figurantes” de la serie de televisión a la que se parecía la vida en la facultad. En aquel espacio/ tiempo había unas personas-personajes que eran los protagonistas (guapos, con éxito, no necesariamente listos), unos secundarios (sus amigos, con menos brillo) y los figurantes (la masa, el resto, nosotros).

Algo que bien podría relacionarse con esto ocurrió cuando Woody Allen estrenó su película “Vicky Cristina Barcelona”.¿Qué es esa Barcelona que se presenta en la cinta? ¿Es acaso la Ciudad Condal ese parque temático para guiris en el que los hombres son latinos arrebatadores y las mujeres unas histéricas con tendencia al drama gratuito? ¿Acaso es esta nuestra ciudad? ¿Somos los ciudadanos en realidad unos figurantes? Si y no, claro. Obviamente en las ciudades viven personas normales, ni guapas ni feas, ni listas ni tontas, con sus alegrías y sus miserias. Personas que van a la compra, hacen colas, se suben al autobús y celebran las fiestas en familia. La Barcelona de esas personas, entre las que me incluyo, es ruidosa, soleada, a veces dura e incómoda, con cucarachas pero también con amigos, vivencias, cultura, alegrías y guiris, muchos guiris.
La otra Barcelona, vista desde –precisamente- los ojos de los guiris, es una ciudad con edificios que visitar y sobre todo, fotografiar. Esos edificios delante de los cuales pasan los ciudadanos residentes cada día sin prestarles atención, ni tan siquiera dirigirles una mirada de reojo. La Barcelona que ven los turistas es la que desde el Ayuntamiento y las instituciones privadas interesadas en el dinero extranjero quieren presentar: la de la arquitectura, la alta gastronomía y la cultura. Y en esa si que los ciudadanos somos figurantes (y a veces se nos paga, simbólicamente, como a tales).
Obviamente, esto no ocurre sólo en la capital catalana. Desde hace algún tiempo
(mucho, si nos remontamos a la época de las pirámides egipcias, poco si miramos al Gugenheim de Bilbao) las ciudades intentan atraer la atención de fuera con grandes edificios que a su vez albergarán grandes eventos, por norma general “culturales” (y sí, las comillas son a posta). Todos van unidos al nombre del arquitecto que los diseña, como garantía de excelencia: la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia por Calatrava, la Torre Agbar por Jean Nouvel en Barcelona, el Centro Cultura Internacional de Avilés por Óscar Niemeyer. Nuevas atracciones del parque temático en el que se están convirtiendo las ciudades, como si de una nueva montaña rusa con loopings extras se tratase.

Puede que llegue un momento en el que ya no sea posible conocer la realidad de las ciudades. Sólo podremos, quizá, si vamos de la mano de un residente local que sepa esquivar los cantos de sirena de los “lugares de interés”. O puede que ni siquiera eso y tengamos que aceptar que la delgada línea entre la vida real y la atracción turística se ha diluido y ha dado pie a otra cosa, híbrida entre ambas. Hacerla real o no, ya dependerá de nosotros mismos.
Ilustraciones de Mariano García

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